Te entiendo, pero igual me da rabia
Cada uno tiene su propia relación con la rabia. Hay personas que conectan rápidamente con ella, que la sienten con intensidad y quizás les cuesta regularla o encontrar una manera de expresarla que no termine dañándolas a ellas o a otros. A otras, en cambio, les cuesta incluso reconocerla; aprendieron a callarla, evitarla o quizás a sentir antes culpa, tristeza o miedo cuando algo les molesta. Nuestra historia con la rabia es distinta, y por eso también lo es la forma en que aparece en nuestra vida.
Ya había escrito antes sobre conocer nuestra propia rabia, pero últimamente, después de algunos años, un par de viajes y de hijos encima, me he quedado pensando en una rabia más cotidiana. Esa que aparece frente a algo que ni siquiera consideramos tan grave y que, además, viene de alguien que nos tiene cariño y cuyas intenciones podemos comprender.
Es como cuando alguien hace un comentario, nos pregunta algo desde la preocupación o intenta ayudarnos desde su propia experiencia y, aun sabiendo que probablemente lo hace desde el cariño, nos da rabia igual.
Y ahí puede aparecer la culpa. ¿Por qué me molesta si sé que lo dice con cariño? ¿Estaré siendo pesada? Si solo me está preguntando cómo estoy…
“Aprovecha de dormir ahora…”
La maternidad está llena de ejemplos de esto. Antes de que nazca tu guagua probablemente alguien te dijo “aprovecha de dormir ahora porque después no vas a dormir nada”. Se puede comprender que seguramente te lo dicen desde su propia experiencia, quizás incluso intentando prepararte para lo que viene, pero también dan ganas de preguntar qué se supone que tienes que hacer con esa información. ¿Guardar ocho horas de sueño en una cuenta de ahorro para poder retirarlas después?
O cuando llevas meses durmiendo mal porque tienes hijos pequeños y alguien que te quiere te pregunta cada mañana “¿cómo dormiste?”. Entiendo que es una pregunta que nace de la preocupación y del cariño, pero hay días en que simplemente no tengo ganas de volver a analizar mi sueño. Dormí mal, otra vez, y hoy quizás prefiero hablar de cualquier otra cosa.
Entonces me da rabia que me pregunten y casi inmediatamente pienso “qué pesada, si me lo preguntan porque se preocupan por mí o simplemente porque quieren conversar conmigo”.
Es justamente esa contradicción la que me interesa. Puedo entender perfectamente al otro y aun así sentir algo diferente de lo que creo que “debería” sentir.
Entiendo por qué lo haces, pero igual me molesta
Y no es algo exclusivo de la maternidad. Puede pasar cuando le estás contando un problema a alguien y rápidamente responde “a mí me pasó lo mismo”. Quizás intenta decirte que te entiende, pero tú necesitabas que por un momento la conversación siguiera siendo sobre lo que te estaba pasando a ti. Además, por parecidas que sean dos situaciones, nunca vivimos exactamente la misma experiencia.
También puede pasar en el trabajo. Estás sobrepasado y alguien intenta tranquilizarte con un “bueno, pero al menos…”. Sabes que probablemente quiere ayudarte a mirar las cosas desde otra perspectiva y aun así te irrita, porque quizás en ese momento no necesitabas encontrarle el lado positivo, sino sentir que alguien realmente estaba escuchando lo que querías decir y validando lo que sentías.
Creo que en estas situaciones aparece algo muy propio de nuestros vínculos. Podemos comprender perfectamente por qué alguien dice o hace algo y al mismo tiempo sentirnos molestos por ello. La intención del otro y lo que nos pasa a nosotros frente a esa intención pueden convivir.
El problema quizás aparece cuando utilizamos toda esa capacidad de comprender al otro para dejar de escucharnos a nosotros mismos.
Sé que está cansado, sé que lo dijo con cariño, sé que quiere ayudarme, sé que no tuvo mala intención… entonces no debería darme rabia.
Pero me da.
¿Y por qué me da culpa sentir rabia?
Creo que aquí hay algo interesante, porque la culpa no siempre aparece después de haber hecho algo. A veces aparece solamente por haber sentido algo que juzgamos como incorrecto.
Y con la rabia pasa harto, aunque no siempre de la misma manera. Hay quienes rápidamente empiezan a explicarse por qué su rabia no corresponde, por qué el otro no tuvo mala intención o por qué están exagerando. Pero también puede ocurrir lo contrario, que cuando estamos enojados nos cueste mirar la perspectiva del otro y le atribuyamos intenciones que quizás no tenía, como pensar que hizo algo a propósito para molestarnos. Ninguna de estas formas es universal y observar hacia cuál tendemos puede decirnos bastante sobre nuestra propia relación con la rabia.
En esta nota me interesa especialmente la primera, cuando sí logramos comprender al otro y esa comprensión termina convirtiéndose en una razón para convencernos de que no deberíamos sentir lo que sentimos.
Karla McLaren propone una mirada que me parece interesante para pensar esto. Para ella, la rabia está relacionada con nuestros límites, con aquello que valoramos y con lo que sentimos que necesita ser protegido o restaurado. Esto no significa que cada vez que algo nos dé rabia alguien haya cruzado necesariamente un límite, ni que nuestra interpretación sea siempre “la correcta”. Pero sí podemos tomar la emoción como información y sentir curiosidad por ella.
En vez de quedarnos en “qué ridículo que esto me dé rabia”, podríamos detenernos un momento y preguntarnos ¿por qué esto me está molestando hoy? ¿Qué hay detrás de esta rabia?
En mi ejemplo quizás no quiero hablar otra vez de cuánto dormí. Puede ser que esté cansada de pensar en el sueño, que necesite conversar de otras cosas o que esa pregunta me recuerde todas las mañanas algo que ya sé. Estoy agotada. La persona que pregunta no tiene cómo saber todo lo que esa simple pregunta moviliza en mí, porque eso también tiene que ver con mi experiencia y con el momento que estoy viviendo.
Y ahí creo que hay una distinción importante. Sentir rabia no es lo mismo que actuar desde la rabia. Puedo sentir ganas de decir “¡no me preguntes nunca más cómo dormí!” y no necesariamente hacerlo. Puedo reconocer mi irritación, entender qué me pasa y decidir después si necesito decir algo, poner un límite, pedir algo distinto o simplemente dejar pasar esa pequeña molestia.
Comprender al otro sin dejarme fuera
Quizás una de las cosas que más me interesa de estas rabias cotidianas es observar qué hacemos con ellas cuando aparecen en nuestros vínculos. Porque muchas veces somos muy hábiles para construir la explicación del otro. Sé que lo hace porque me quiere, sé que esa es su manera de ayudar, sé que viene de su propia experiencia.
¿Y nuestra experiencia dónde queda?
Comprender al otro es valioso, pero no debería obligarnos a invalidar automáticamente lo que sentimos. Puedo pensar “sé que me lo pregunta porque se preocupa por mí” y agregar “y también sé que hoy no quiero hablar de esto”. No son ideas incompatibles.
Incluso quizás conocer nuestra rabia nos ayuda a relacionarnos de una manera más honesta. No para convertir cada irritación en una conversación trascendental —sería agotador para todos—, sino para poder distinguir cuándo algo simplemente me molestó y cuándo esa molestia se está repitiendo, acumulando o mostrando algo que necesito poner en palabras.
Porque esas rabias pequeñas también forman parte de nuestros vínculos. A veces las dejamos pasar porque parecen insignificantes, porque entendemos al otro o porque sentimos que “no vale la pena” decir algo. Y muchas efectivamente pasarán sin mayor importancia. Pero otras se van repitiendo y quizás empezamos a responder con menos paciencia, a tomar distancia o llegamos a una conversación cargando bastante más de lo que ocurrió en ese momento.
Reconocer la rabia antes de que se acumule no significa que tengamos que decir todo lo que nos molesta. Quizás significa primero poder verlo nosotros, entender qué nos pasa y desde ahí decidir si queremos dejarlo pasar, pedir algo distinto o abrir una conversación. Cuando no sabemos qué venimos acumulando, a veces terminamos hablando desde muchas pequeñas molestias juntas y el otro recibe una intensidad que no logra comprender.
Y quizás ahí reconocer nuestra rabia también puede ser una forma de cuidar nuestros vínculos.
Una pausa para conocer tu rabia
Piensa en alguna de esas pequeñas situaciones que últimamente te están dando rabia. No tiene que ser un gran conflicto. Puede ser una pregunta que se repite, un comentario, un consejo que no pediste o una manera de actuar de alguien cercano que sabes que probablemente no tiene ninguna mala intención.
¿Qué es exactamente lo que te molesta?
¿Te molesta lo que la persona dice o lo que eso despierta en ti? ¿Qué necesitas en ese momento? ¿Qué haces habitualmente con esa rabia? ¿La expresas, la callas, explotas, te alejas, la transformas rápidamente en culpa?
Y si aparece ese “no debería molestarme porque…”, quizás puedas detenerte un segundo antes de terminar la frase.
¿Qué pasaría si pudieras comprender las intenciones del otro sin utilizarlas para invalidar lo que estás sintiendo tú?
También puedes preguntarte si esto es algo que quieres dejar pasar o si es una molestia que se viene repitiendo y necesitas poner en palabras. ¿Estás reaccionando solo a lo que ocurrió hoy o también a otras pequeñas cosas que has ido guardando?
No todas las rabias necesitan ser resueltas, justificadas o conversadas. Algunas quizás solo necesitan ser reconocidas. Pero aprender a distinguirlas, conocer qué las despierta y observar qué hacemos con ellas también puede ayudarnos a cuidar la manera en que nos relacionamos.
Podemos entender al otro y aun así sentir rabia.
Quizás no se trata de elegir entre empatizar con el otro o escucharnos a nosotros mismos, sino de aprender a hacer espacio para ambas cosas y, desde ahí, elegir cómo queremos vincularnos.
Con cariño, Fer
Referencias
McLaren, K. The Language of Emotions: What Your Feelings Are Trying to Tell You. Sounds True.



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